Kindle DX: ni el libro se libra del bit
Tenemos juguete nuevo. Bueno, ‘nosotros’, en España, técnicamente no, pero ya hace bastante tiempo que seguimos los lanzamientos al otro lado del Atlántico como si fueran a llegar mañana a la tienda de informática del polígono más cercano. Hablo del Kindle DX, el asequible y lustroso aparato -bueno, es caro y en blanco y negro, pero con aspecto ligero y moderno- que va a revolucionar la industria del libro, salvar a la de los periódicos, y con suerte, acabar con las desviaciones de columna vertebral de miles de estudiantes en todo el mundo.
El PDF nunca ha sido un formato muy cómodo. Empecemos por lo básico: los documentos suelen ser verticales, mientras que la pantalla es cada vez más panorámica. La resolución da para lo que da, y por algún extraño motivo, los expertos en ergonomía ponen pegas a girar la cabeza 90º durante periodos prolongados. Pero eso no es todo. El ordenador se cuelga con Adobe Reader. Las tipografías que en papel provocan escalofríos por su belleza, en pantalla no son más que manchas pixeladas. Pasar páginas se convierte en un obsesivo tamborileo sobre la tecla de AvPág. El parpadeo y la retroiluminación de la pantalla te queman las pestañas. Y la mera idea de imprimir lo que estás viendo te trae a la cabeza a un Al Gore dispuesto a montarte la conferencia en el salón de casa para que dejes de derrochar papel.
La industria de la prensa mira el nuevo ’supersized’ Kindle con muy buenos ojos. El problema es que, a la hora de replicar la estética atractiva de lo impreso, sigue siendo la web, con sus limitaciones y potencialidades, la que saca a cualquier otro soporte varios cuerpos de ventaja. La pantalla del ebook, por mucho que remita a la sensación del papel, es en blanco y negro -escala de grises, para ser justos-. Cualquiera que espere la elegante maquetación de su periódico de cabecera se verá horrorizado ante las versiones electrónicas, por muy “para leer” que sean. Y las actualizaciones se ven condicionadas por la frecuencia de las descargas.
Amazon, con su Kindle, quiere imitar hasta las últimas consecuencias el modelo Apple con la música: controlar todo el proceso, desde el hardware y el software hasta la venta de contenidos, y crear una marca que fidelice al consumidor e incluso le haga ver con cierta simpatía cada lanzamiento de una versión nueva y mejorada del producto, cuando no con auténtica ansiedad por hacerse con lo último. La única diferencia es que el iPod va con cualquier actividad, mientras que el nuevo Kindle cabe en pocos bolsillos -no, no es una metáfora cogida por los pelos para aludir a los 489 dólares que cuesta-. A priori, sin necesidad de haberlo probado, no recomendaría utilizarlo mientras uno camina por la calle o se desplaza en bicicleta.



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